Priscila Miranda es madre de dos hijos y se declara su fan número uno. Cada paso que dan, a sus 28 y 22 años, es un hito que comparte con una radiante sonrisa, convencida de que su mejor decisión ha sido aplaudirlos desde la primera fila, viéndolos crecer fuertes y decididos en el corazón de la zona más austral de Chile.
El orgullo de Priscila es evidente al ver cómo sus hijos desafían las distancias y el clima extremo con una energía inquebrantable. En esta edición especial de FEM Patagonia, la madre asegura que ningún paisaje del mundo, por más majestuoso que resulte, es capaz de opacar el brillo de sus “retoños”.

Como operaria de producción en la piscicultura Los Cipreses de Cermaq, su tiempo libre tiene un único destino: su familia. Está casada hace 28 años con Juan Vásquez, con quien formó un hogar junto a sus hijos Sergio y Marcelo. A ellos se suma su mayor alegría de los fines de semana: su nieto de tres años.
Al hablar de sus hijos, Priscila Miranda destaca que el mayor, Sergio, es mecánico automotriz. “Desde niño le enseñamos el valor del trabajo y hoy puedo decir con orgullo que es un profesional responsable. Además, me dio el regalo más hermoso de mi vida: mi nieto. Es algo que valoro muchísimo, porque como papá es muy dedicado y me encanta verlo disfrutar de su hijo”, comenta.
Sobre su hijo menor, Marcelo, comenta que estudia Técnico en Deportes. “Él es una persona muy especial; practica atletismo y taekwondo, pero también le apasiona el folklore. Está en el elenco del conjunto Brisa Austral y en el del Ballet Folklórico Municipal. Soy su fan número uno, trato de no faltar nunca y apoyarlo tanto en el deporte como en sus presentaciones”, relata con orgullo.
Más allá de sus logros personales, el lado humano de Sergio y Marcelo es lo que más conmueve a Priscila. “No sólo son buenos hijos; como nietos se sacan un siete, porque nunca descuidan la atención de su abuela paterna, que está postrada. Ambos son un pilar fundamental en su cuidado”, destaca, reflejando la profunda calidad humana de los jóvenes.
– Si pudiera traer a alguien de la ciudad y mostrarle un solo momento de su día que resuma por qué vale la pena este trabajo, ¿qué momento sería?
– “El entorno es maravilloso con vida silvestre. Y los amaneceres que, desde la piscicultura, nos regala una vista maravillosa”.
– ¿De qué se trata el trabajo que usted realiza?
– “Mi rol consiste en el monitoreo diario de los peces desde su alimentación, salud y comportamiento diario de los peces hasta el control de parámetros de oxígeno, temperatura y salinidad”.

– La industria acuícola ha sido históricamente masculina. ¿Cómo ha sido su experiencia consiguiendo un espacio en las faenas de Magallanes y qué perspectiva cree que aporta la mirada femenina al cuidado de los peces?
– “Es un trabajo que requiere atención constante, porque el bienestar de los peces depende de que estemos siempre alerta a cualquier cambio. Lo que valoro es ver el resultado de tu cuidado en el crecimiento de los peces. Nosotros criamos los salmones antes de que se vayan al mar.
“Las labores se realizan en turnos rotativos que son día, tarde y noche, lo que ayuda a tener una buena relación de trabajo y con la familia.
“Ha sido un proceso en el que he demostrado que podemos estar a la par de faenas diarias y cuando ven que cumples, que cuidas los detalles y te comprometes en el bienestar de los peces, el respeto llega solo. Hoy en la piscicultura me siento valorada por mi desempeño”.
– ¿De qué manera concreta la presencia de una mujer en estas faenas marca un sello?
– “Creo que la mirada femenina suma mucho en el cuidado de los peces. Aportamos paciencia para observar cambios pequeños en el comportamiento de las especies y una forma de trabajo más meticulosa y preventiva. No es que el hombre no lo haga, pero creo que, en general, las mujeres tendemos a ser más observadoras y vamos cambiando la cultura de la industria, ya que se puede ver más mujeres y se normaliza el trabajo en equipo sin importar el género”.
