A sus 23 años, Tonka Violic Saavedra tiene claro que su vocación trasciende la sala de clases. Estudiante de quinto año de Pedagogía en Inglés, combina su práctica profesional con clases particulares y una mirada pedagógica que busca romper esquemas tradicionales. “Me encanta enseñar y tratar de motivar a los niños, dejarles una huella”, afirma, convencida de que el aprendizaje puede ser también una herramienta para abrir oportunidades, especialmente en contextos donde muchas veces faltan referentes.

Su historia personal ayuda a entender esa convicción. Entre los 6 y 9 años vivió un entorno familiar complejo, marcado por episodios de violencia, hasta que su madre decidió separarse. A partir de ese momento, ambas enfrentaron un periodo económicamente difícil que significó empezar de nuevo.

La separación

“Todo comenzó entre los 6 y los 9 años, etapa en que viví violencia intrafamiliar en mi hogar. Cuando tenía 9 años, mi mamá decidió irse, salir de ahí. Encuentro que hay muchas historias similares y, a pesar de tener tan poca edad, yo hice algo muy, muy bueno, que ahora incluso me parece chistoso, aunque en el momento fue doloroso: eché a mi papá de la casa. Creo que eso no lo haría cualquier niño de 9 años. Todavía recuerdo cuando le tiré la maleta y su ropa por la ventana. Lo hice para darle fuerza a mi mamá, para que saliera adelante, porque ella estaba muy triste, muy angustiada por lo que estábamos viviendo. Mi mamá siempre dice que yo fui su fuerza, porque nunca lloré ni sentí pena por lo de mi papá. Ella era mi pilar más importante. Si estaban atacando a mi mamá, ¿cómo me iba a dar pena echar a alguien así? Tuve esa valentía a tan corta edad y la forma en que enfrenté lo que vino después me marca como una persona resiliente”, relata.

¿Por qué decide contar su historia? Tonka ha visto que muchas familias y niños viven hoy situaciones similares a las que ella enfrentó. Espera que hablar abiertamente de su experiencia pueda alentar a otras mujeres, niños y niñas a romper el círculo de la violencia intrafamiliar.

El bullying

El cambio en su entorno familiar también impactó su vida escolar. Estaba en un colegio de élite y debió enfrentar episodios de bullying por parte de sus compañeros, asociados a su nueva realidad económica.

“En quinto básico viví bullying en el colegio, porque mis compañeros vieron cómo mi situación económica, la buena, se fue desmoronando. Mi papá quedó con una deuda allí y no me dejaron matricularme de nuevo. A mi mamá nunca le gustó ese establecimiento”, comenta.

Sin embargo, fue en el Colegio Cruz del Sur donde encontró un espacio distinto. Allí recibió apoyo y contención, tanto de profesores como de la comunidad educativa, en momentos en que incluso enfrentaron carencias básicas en el hogar.

“Mi mamá siempre quiso que yo estuviera en el Cruz del Sur y, cuando se separó de mi papá, decidió cambiarme. Desde sexto básico a cuarto medio fue la mejor etapa de mi vida. Ese colegio fue una familia hermosa. Mis profesores se preocuparon mucho cuando, por ejemplo, estaba sin luz o a veces sin agua. Fue muy lindo el apoyo que recibí”, destaca.

Aportar al hogar

Ya en la adolescencia, decidió aportar económicamente, comenzando a trabajar desde los 15 años para ayudar en su casa. Lejos de quebrarla, esas experiencias consolidaron una actitud resiliente que hoy define su forma de enfrentar la vida.

“Pensaba que esto no me podía ‘bajonear’, que quería ser alguien. Sentía que me quedaba mucho por vivir y no quería que, por culpa de otras personas o del bullying que viví después de que perdimos todo, eso me definiera. Perdimos todo después de tener lujos y comodidades, cosas que hacen pensar que uno es feliz, pero la felicidad no está en la plata”, reflexiona.

Esa determinación, dice, ha sido clave para seguir avanzando sin perder el foco en sus metas.

Escuchar a los niños

Hoy, esa historia se refleja en su forma de enseñar. En el aula no solo transmite contenidos, sino que también escucha, orienta y acompaña. Observa con atención las realidades de sus estudiantes y cómo estas influyen en su comportamiento, por lo que busca ser una figura cercana, capaz de ofrecer apoyo más allá de lo académico.

“Me ha tocado ver casos muy vulnerables. Hay niños que llegan drogados o me dicen que beben alcohol en la casa estando en séptimo básico. Eso a mí me afecta mucho. Siento que muchos ven situaciones en sus hogares y creen que el consumo es una forma de escapar”, señala.

Por eso, cuando hace clases, se da el tiempo de conversar con sus alumnos. “Me encanta escucharlos. Me cuentan cosas buenas, malas y hasta situaciones chistosas. Aunque tenga poco tiempo, trato de saber cómo están, qué sienten. Algunos ni siquiera saben que las notas son importantes en enseñanza media o que las necesitan para estudiar lo que quieren. Ahí intento motivarlos con pequeñas palabras”, explica.

Respecto de la violencia en las aulas, Tonka considera que es un reflejo de lo que ocurre en los hogares. “Copian mucho lo que ven en casa. Si insultan a profesores o a otras personas, muchas veces es porque lo escuchan en su entorno. Siempre digo que la educación parte en la casa y se complementa en el colegio”, plantea.

El libro y la vida con sentido

Esa sensibilidad también la ha llevado a iniciar la escritura de un libro, donde espera compartir experiencias y entregar herramientas a quienes puedan sentirse identificados, siempre desde una mirada constructiva. Dedica tiempo cada día a este proyecto, del cual ya tiene un primer capítulo, y espera avanzar hacia un texto más completo en el plazo de un año.

Fuera de ese proyecto y del ámbito académico, Tonka participa en un conjunto folclórico, donde la danza se convierte en otro espacio de desarrollo personal. Un equilibrio que refleja su forma de vivir: con esfuerzo, pero también con entusiasmo.

Su historia, sin grandilocuencias, habla de una convicción profunda: que incluso en contextos adversos es posible construir un camino propio y proyectarse con sentido.

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