Brenda Agüero llegó a Aguas Magallanes en el momento menos pensado: en plena pandemia, tras ver un aviso laboral en redes sociales. Entró como reemplazo, motivada por la necesidad de trabajar, pero pronto entendió que era mucho más. “Descubrí que era una gran oportunidad para desarrollarme en un área muy cercana a lo que estudié: Técnico en Mantenimiento Industrial”, cuenta. En la Planta de Tratamiento de Aguas Servidas donde hoy se desempeña, no había antecedentes de mujeres en operación. Ella fue la primera.

Su forma de explicar el oficio parte con una pregunta que cambia la mirada de lo cotidiano: “¿Alguna vez te has preguntado dónde termina el agua que usamos para lavar la loza, el agua de la lavadora o para lavarnos los dientes?”. Detrás de esa frase está la esencia de su trabajo: asegurar que las aguas servidas sean tratadas de manera segura y responsable, reduciendo al máximo el impacto ambiental y protegiendo la salud de la comunidad. “En cada proceso no solo hay tecnología y maquinaria, sino también equipos humanos que hacen que todo funcione correctamente. Dar a conocer esto también es generar conciencia sobre el cuidado del entorno”, subraya.

En un rubro tradicionalmente masculino los desafíos son concretos, sin embargo, no se trata de competir, más bien es coordinar, y el trabajo en equipo es fundamental. Como en muchos trabajos se requiere confianza, coordinación y responsabilidad compartida”, sostiene.

El respeto, dice, naturalmente no llegó de golpe: se construyó. Comenzó a notar un cambio cuando decidió interiorizarse aún más, profundizar conocimientos y adoptar un lenguaje técnico acorde a sus funciones. “A medida que fui demostrando compromiso, preparación y seguridad, mi entorno empezó a reconocer ese crecimiento. La mejor forma de validación no es intentar encajar, sino confiar en una misma y trabajar de manera profesional”.

En ese proceso, también ha desarrollado habilidades personales que no aparecen en los manuales: fortalecer el carácter, gestionar emociones, canalizar el miedo a equivocarse y transformarlo en aprendizaje. Y, sobre todo, el autocuidado. “Los riesgos están siempre presentes y la seguridad para mí es prioridad; no solo me protege a mí, sino también a mis compañeros y al correcto funcionamiento de la operación”, subraya.

Porque si algo quiere que la comunidad sepa es que el servicio funciona 24 horas los 7 días de la semana, gracias a un trabajo constante, comprometido y, muchas veces, invisible. “Quizás las personas lo dan por sentado, pero existe”, dice, y remarca que detrás de esos procesos hay equipos diversos y cada vez más mujeres.

Con el apoyo de jefaturas y compañeros, su mirada está puesta en el futuro: continuará estudios en Ingeniería en Mantenimiento Industrial. “Me he sentido escuchada y respaldada en mis proyecciones de crecimiento”, afirma, valorando el aprendizaje cotidiano con distintos integrantes del equipo.

Cuando habla de orgullo, no apunta a premios. “Lo que más orgullo me genera es poder desempeñar un trabajo que entrega un servicio a la comunidad”. Y cierra con un mensaje para las jóvenes magallánicas que dudan antes de entrar a “rubros de hombres”: “Que confíen en sus capacidades y no permitan que los estereotipos definan sus límites. Los espacios laborales están cambiando”. Brenda lo confirma con hechos, y ese camino ya no lo recorre sola.

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