Texto: Rodrigo Hurtado;
Fotografías: José Villarroel 

En el corazón de Punta Arenas, donde el viento no sólo moldea el paisaje sino también el carácter de sus habitantes, el barrio 18 de Septiembre late con una identidad propia, forjada a pulso por generaciones de familias trabajadoras. Sus calles no son únicamente vías de tránsito: son espacios de encuentro, de historias compartidas, de economías cotidianas que sostienen la vida barrial. Allí, el comercio de proximidad no es una abstracción, sino una práctica viva que se expresa en almacenes, bazares y carnicerías donde cada cliente tiene nombre y cada conversación importa.

En ese tejido humano se inserta el Barrio Comercial 18 de Septiembre, una experiencia que, al cumplir una década desde su conformación en el marco del Programa de Fortalecimiento de Barrios Comerciales de Sercotec, da cuenta de un proceso más profundo que la mera modernización urbana. Se trata, en esencia, de la consolidación de una comunidad organizada que ha sabido adaptarse a los cambios de un escenario económico cada vez más exigente, marcado por la digitalización, la competencia de grandes cadenas y las transformaciones en los hábitos de consumo. Frente a ello, la asociatividad emerge no sólo como una estrategia económica, sino como una forma de resistencia y proyección.

Las asociaciones gremiales, en este contexto, cumplen un rol fundamental: articulan intereses, fortalecen capacidades y permiten que pequeños y microempresarios -muchas veces invisibilizados en las grandes cifras- encuentren herramientas para sostener y proyectar sus negocios. El Barrio Comercial 18 no es la excepción. A través de la gestión colectiva, el acceso a financiamiento y el acompañamiento técnico, sus integrantes han impulsado mejoras visibles en el entorno, pero también han reforzado algo menos tangible y más valioso: el sentido de pertenencia.

Es en ese cruce entre historia, trabajo y comunidad donde cobran especial relevancia las trayectorias de sus protagonistas. Mujeres almaceneras que, desde sus respectivos locales, han construido mucho más que emprendimientos: han tejido redes de confianza, afecto y apoyo mutuo. Sus historias no sólo hablan de esfuerzo individual, sino de una forma de habitar el comercio que pone en el centro lo humano.

En esta edición de revista FEM, nos adentramos en ese universo cotidiano para relevar la vida y experiencia de tres de ellas, cuyas trayectorias permiten comprender, desde lo íntimo, el verdadero significado de este barrio: un espacio donde la economía se entrelaza con la vida, y donde cada negocio es, en sí mismo, una historia viva.

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