FotografÍa: Franklin Pardon

A los 18 años, cuando muchas recién están eligiendo carrera o soñando con el futuro, Mabel San Ramón Soto ya enfrentaba una pregunta incómoda: “¿Qué edad tienes?”. Sus primeras canas aparecieron temprano y, a los 23, su cabello mezclaba juventud con hebras plateadas que desconcertaban a más de alguno.
“Era raro para la gente. Me veían joven, pero con canas, y quedaban extrañados”, recuerda.
Como muchas mujeres y en una etapa donde la inseguridad pesa más que la experiencia, decidió teñirse. Y así pasó buena parte de su vida: cada 15 días retocando raíces, lidiando con el crecimiento rápido, aplicando tinturas, mascarillas y tratamientos para combatir la resequedad. “Me gustaba usar el pelo largo, pero era muy complicado mantenerlo bonito. Era mucho químico, mucho desgaste”. Hasta que se cansó.

La frase que no aceptó más
Durante años le dijo a su peluquera que quería dejarse las canas. La respuesta era siempre la misma: “No, te vas a ver muy mayor”, “Después de los 60”, “Todavía no”.
Pero Mabel ya lo tenía decidido. Lo que necesitaba era un impulso. Y lo encontró lejos de casa.

El viaje que cambió todo
En un viaje a Europa tuvo una revelación. “Me di cuenta de que el 80% de las europeas no se teñían. Y se veían estupendas. Distinguidas. Empoderadas”. Ese fue el clic.
Volvió y fue directa a la peluquería: “Ya, corta. Muy corto. Y empezamos el proceso”.
Lo que vino después no fue sólo un cambio de look. Fue una liberación.

Libertad, suavidad y cero prejuicios
“Fue liberador no estar pendiente de la raíz, de si alguien te está mirando la cabeza porque ya se nota el crecimiento. Cuando tienes muchas canas, se nota altiro”, cuenta.
Pero más allá de lo práctico, fue emocional. Mabel empezó a jugar con cortes modernos, a veces muy cortos, a veces un poco más largos. Se permitió explorar su imagen sin miedo.
Y lo que temía -comentarios hirientes o juicios- nunca llegó.
“Nunca nadie me ha dicho: ‘¡Qué mayor te ves!’. Todo lo contrario. Las cajeras del supermercado me decían: ‘Qué lindo su pelo, qué lindas sus canas’”.
Hoy describe su cabello con orgullo: suave, dócil, sin químicos. “Es como tocar el pelo de un bebé”, dice entre risas. No necesita productos especiales ni tratamientos complejos: champú, crema de enjuague y secador hacia atrás. Nada más.

¿Por qué seguimos tiñéndonos?
Para Mabel, la decisión fue también una reflexión social.
“Si ellas ya no se tiñen, ¿por qué tenemos que seguir haciéndolo nosotras? ¿Por el prejuicio de que cana es igual a vieja? ¿O que te ves mal? No. Se acabó”.
Su mensaje no es una imposición, sino una invitación: cuestionar la idea de que el envejecimiento debe esconderse. Entender que la belleza también está en lo natural, en lo auténtico, en lo que somos hoy.
“Me gustan mis canas. Me siento bien con ellas y no volvería a teñirme por nada del mundo”.
En tiempos donde el discurso de la autoaceptación suena fuerte, Mabel no habla desde una campaña ni desde una tendencia viral. Habla desde la experiencia. Desde el espejo. Desde la tranquilidad de quien dejó de pelear con su pelo… y empezó a disfrutarlo.
Porque a veces, la verdadera revolución no es cambiar de color, sino dejar de esconderlo.

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